viernes, diciembre 15, 2006

TEATRO EN TIEMPOS DE INDIGENCIA

Crónica de una tarde lluviosa

Metíase a la regadera para iniciar la vagabunda jornada. Descomponíasele el celular a causa del vapor. Mentábale la madre a su chingada suerte. Jodíánsele los planes. Iríase por la tarde a conseguir una chamba. Negábasele la comunicación con el mundo entero.

Total que como a eso de las dos y media de la tarde, se larga a la entrevista de la móndriga chamba, y el chingado celular –literalmente– decía que no reconocía la ‘Tarjeta SIM’. ¡Ah qué las hilachas! Eran inicios de noviembre, dos horas y media de Reyes Heroles a Pilares en tour por ‘Toluca, la Bella Inundada’. Casi un metro de agua cubría los autos atorados en Comonfort. Y aún a puertas cerradas, el camión se humedeció en los primeros escalones.

Llegando a Pilares el torrente era de apenas unos centímetros, aprovechando esto, saltó del camión guajolotero, haciendo que sucediera lo mismo con el contenido de un charco gris. Caminando un titipuchal de calles –en estos tiempos cinco pesos son cinco pesos– sus tennis pronto se convirtieron en esponjas, declarándolo a cada paso con soniditos cajetas.

Con el abrigo húmedo del méndigo chipi-chipi, arribó por fin a las paradisíacas tierras de San Jerónimo Chicahualco, en donde en menos de media hora le fueron entregadas las instrucciones, los viáticos, el ‘Dios te ampare pendeja’ y las encuestas que tendría que realizar en los días subsecuentes a cambio de un mísero salario. Pateando piedras y charcos –qué más daba si al fin y al cabo ya estaba escurriendo– y decidida a madrearse al primer empleado hijo de puta que se le pusiera al brinco, tomó un camión a Toluca, con rumbo al Centro de Atención a Clientes TELCEL.

No obstante, aunque hubiese sido una buena terapia, todo el personal tuvo a bien de su seguridad y belleza facial, portarse amable con la húmeda y desvencijada vagabunda. Se formó cerca de una hora para hacer valer ‘la (fucking) garantía’. Siendo viernes por la tarde, atascado el Centro, por precisamente estar en el jodido centro, la atendieron diciéndole que tenía que esperar hasta el lunes para saber el ‘diagnóstico’ del celular. ¡Llevábasela la chingada!

Para esas alturas eran casi las dieciocho horas. Salió mentando madres. Hubo que cruzar por los portales que estaban atiborrados de puestos del día de muertos. Aunque pudo haber sido contraproducente, se sorprendió al notar que el aroma a chocolate corriente le calmaba los madreadores ánimos. Caminó entre los espacios que le dejaba la gente, vio una exposición de dulces tradicionales, llaveros de calaquitas que castañeaban los dientes, mulitas de azúcar acosadas por abejas zumbadoras, obleas de colores circundadas por semillas pegadas con miel, y pan, aroma de pan colgado en bolsas de plástico.

Después de la Concha Acústica y el rodeo por los portales, llegó al Centro Toluqueño de Escritores. Una señora como de cuarenta años y mirada suplicante, le entregó un volante verde que rezaba de la siguiente manera:

EURYNOME POSTMODERNA

Mujer Diosa Mujer Silenciosa Mujer Independiente
Teatro Gestual
Mini Teatro “Camaleón Antiguo”
Centro Toluqueño de Escritores

Funciones:
Miércoles a viernes 18:30 hrs.
¡Hoy última función!
$30 pesos.

Le había ido tan, pero tan perramente mal en todo el día, lo extrañaba con tal profusión, se sentía tan singular y deliciosamente sola, tenía tan poco dinero en la bolsa, que decidió guardar cinco pesos para el regreso y gastar el resto sin miramientos en una función de dudosa procedencia. Como la puesta empezaba en media hora, compró el boleto y merodeó diez minutos en los estantes del CTE. Después se sumergió en la hondonada que ya olía a teatro, es decir, bajó las escaleras que conducían al lugarcito subterráneo que acunó un milagrito, de esos, de los inesperados.

Al final de las escaleras un tipo alto, desgarbado y viejo, hablaba con dos mujeres jóvenes. Al verla entrar, suspendieron la conversación y él le ofreció la mano. La atolondrada vagabunda creyó que le exigía el boleto y se lo extendió. A mitad del vuelo manual entendió que no era el comprobante lo que buscaba, sino un gesto de cordialidad de parte del interfecto, así que un poco apenada corrigió el rumbo de su intención y acompañó el contacto con un ‘buenas noches’.

Un pequeñísimo escenario de cinco de ancho por apenas tres de profundidad era custodiado por cuarenta sillas negras cuidadosamente alineadas, y vacías, por cierto. Eligió la mitad de la tercera fila y se sentó. Después abrió ‘Así habló Zarathustra’ y se dispuso a esperar veinte minutos. No habían pasado ni diez cuando el tipo desgarbado y la señora de mirada suplicante le habían ofrecido –cada quien por su lado– el programa de mano que le fue entregado por la recepcionista cuando ocurrió la compra del boleto.

A las seis veinticinco la voz del desgarbado resonó anunciando la primera llamada. La vagabunda extrañada resolvió no voltear aunque la curiosidad la mataba, pero tenía la leve sospecha de que ella era la única en la sala. No se equivocaba. Mientras, las dos jóvenes de la entrada desaparecieron detrás del telón.

Nietzsche continuó la charla y a las seis treinta la suspendió de súbito cuando escuchó la misma voz anunciando la segunda llamada. Esta vez la vagabunda no resistió la tentación y viró la cabeza buscando al resto del público. Ni un alma rondaba lo negro de las sillas. De pronto escuchó voces en su nuca. El desgarbado hablaba con dos que parecían personas que laboraban en el Centro Toluqueño. Ella se preguntó si aún con la cuasi nula audiencia aquellos locos pensarían dar función.

Cinco minutos más tarde voces y luces se apagaban al unísono, y la voz ronca y cuasi enferma dejó fluir la ‘tercera llamada’ y el ‘pricipiamos’. Y así, siendo la vagabunda el total del ‘estimado público’, y por respeto a los únicos y maravillosos treinta pesos que entraron esa noche a la taquilla, la función comenzó.

En medio de sillas vacías, la vagabunda contempló como los hilos del teatro gestual le comenzaron a tejer un abrigo suavecito que la fue envolviendo. Se le olvidaron incluso los tennis empapados y la mísera suerte. No había celular que apagar, ni llamadas que esperar. Por espacio de hora y media no hubo cabida para la realidad, sino para la historia de la evolución femenina contada con las manos. No hubo necesidad de palabras sino de un silencio imperante y provocador.

Esa noche, la vagabunda entendió que no se necesitaba de mucho para hacerla feliz. Nada. Mas que aquellos instantes solícitos y quisquillosos que suelen escurrírsele a los que pretenden ser más que mortales. Porque esa noche ella fue más simple que mortal, y entendió sin pretender, cuestionó sin criticar, y calló para escuchar. Y vaya que escuchó el silencio. Escuchó lo que le contaron sin palabras.

Eurynome se desplegó en cinco metros y la mímica hizo aparecer carros, escobas, niños, rimel, espejos, camas, viento, serpientes, dolor, frustración, desconsuelo, alegría, sueño, turbación. Dos mujeres le contaron de la decadencia matriarcal y el triunfo de la jodida sumisión femenina. Y la hicieron reír sin sonrisas, y le entregaron las escenografías más difíciles: las construidas de aire, diseñadas al momento, pintadas con colores subjetivos, a capricho del espectador.

Hora y media después la vagabunda aplaudió hasta que le dolieron las manos.

La voz ronca agradeció la presencia del ‘estimado público’ y la vagabunda y sus tennis chacoaleantes salieron por una puerta nunca antes vista con rumbo a la realidad. A las nueve pe eme, la ciudad húmeda apareció diferente, sombría pero no sórdida, porque la noche nublada le entregó los faroles naranjas y los charcos convertidos en espejos. El aire frío le cortaba la cara, pero la plancha de cemento le pareció maravillosa de tan ancha y sola. Y lo seguía extrañando, pero ahora dulcemente.

Le hizo la parada al camión que decía ‘Centro Cultural’ y entregó al chofer los cinco pesos que la separaban de la indigencia. Así, sola, indigente y feliz, viajó hasta la casa rentada. Una vez adentro se quitó tennis y calcetines y caminó descalza. El microondas le preparó un café caliente, la cama la recibió más gozosa que nunca y la pijama tibia le cobijó los ánimos. No obstante, aunque en media hora la alcanzó el sueño, en su interior, siguieron bailando las estrellas.

Nota alterna: Y he aquí un final feliz, porque cuando duele
el alma no hay nada como una untadita de bálsamo de Teatro.