No hay en esta vida gozo más grande que el de los pequeños placeres. El día de ayer vi cómo un infante de no más de año y medio comía una desabrida sopa de fideo en su periquera. El chamaco esperó a que su jefa se descuidara, y en cuanto ella comenzó la conveniente tarea de papar moscas, con un movimiento rápido se colocó el plato de fideos de sombrero y soltó una sonora carcajada.
"¡Ay, no bebé!", dijo la alarmada madre "siempre me hace lo mismo. Ya agarró la maña de vaciarse el plato en la cabeza". La progenitora, apenada con los presentes, bajó al ensopado chamaco y se lo llevó a cambiar.
Sobre el hombro de su madre, el niño se fue enseñando una risa franca de varios dientes, con la satisfacción de alguien que ha hecho lo que le dio la gana. Volteé a ver mi sopa y temo decir que sentí una profunda envidia hacia el retoñito, ya que al contrario de él, yo sí me la tuve que tragar.
Sobra decir que le profesé un rencor apasionado, porque como yo "ya estoy grande" —bueno, al menos en frondosidad— me tengo que comportar. Aunque a decir verdad, nunca he sentido la necesidad del fideo en la cabeza, sí he tenido ganas de tirarme de panza en un charco o de acostarme a media alameda y quedarme getona a modo de cualquier indigente, por ejemplo.
Pero algo nos pasa precisamente durante la infancia. Todos los que nos rodean nos ayudan a frenar los impulsos, nos enseñan cómo. Represión, se llama. Pero bueno, como no podemos andar por ahí con fideo en la cabeza ni mojados por andarnos echando clavados abdominales, nos quedan otros placeres terrenales.
Yo por ejemplo, me consuelo en las gasolineras. No, no me doy pasones con gasolina, no es pa' tanto, sino que disfruto cuando los empleados lavan los parabrisas: el espectáculo del jabón rebajado haciendo pequeñas burbujas, después el chorrito de agua disolviéndolas y finalmente el jalador dejándolo todo seco, como si nada hubiera pasado. Eso la neta, me resulta cuasi orgásmico, si se me permite la analogía —y si no también—.
El "tssst..." de un cerillo al caer desahuciado al agua, o —aunque me mi mamá diga que me van a salir lombrices— comer pan con agua. El baile atolondrado de los granizos bricotenado por el pasto lo disfruto sin excepción año con año (claro que es poco placentero cuando la granizada te agarra en la calle y las bolitas de hielo te ponen una madrina que te sientes su ahijado).
Comerse primero el caldo y dejar al final la carne, pisar hojarasca que con su tronar moribundo nos llenan los oídos de crujiente placer. Hacer bombas con los chicles hasta que truenen y se peguen en labios y nariz. Morderse las uñas, retorcerse el cabello, comer con las manos y luego limpiártelas en la ropa.
Chupar un hueso de pollo, comerse una bolsa de palomitas solita, prender el despertador un día antes sólo para tener el placer de apagarlo a al día siguiente sabiendo que no tienes que levantarte temprano. Estirarte como los gatos en las mañanas.
Dormir desnudo, poner una canción innumerables veces y cantarla en calzones usando la escoba como micrófono. Caminar en medio de la calle de madrugada y mientras la brisa fría corre cortándote la cara. Sopear una concha en chocolate. Caminar encuerada por la casa nada más usando tacones.
Subir a la azotea a esperar a que amanezca, deshojar margaritas, el olor a tierra mojada. Comer garnachas, sentarse a ver gente. La desnudez hecha por manos ajenas, y el regreso de la ropa al cuerpo a través del mismo método. Pasar por una panadería cuando está recién salido el pan.
Maquillarse y peinarse sólo para verse en el espejo. Subirse el camión hasta que se termine el recorrido sin saber el rumbo. Un buen helado, meter las manos a un saco de arroz, ir al cine solo, hacer espagueti, desayunar hot cakes, meterse un dedo en la nariz. Llevarse al baño un libro, no bañarse los domingos. Echarle crema al café y observar el blanco invadiendo al negro.
Un cigarro, una buena plática y café. Apachurrar las pasta de dientes como se te dé la gana, dejar la cama destendida y volverte a acostar ahí. No lavar los trastes en una semana sin que nadie te moleste. Un masaje, un beso largo. Beber leche directamente de la caja, dormir con un gato —de los que maullan, claro—.
Beber más de la cuenta, bailar como una loca. Un abrazo materno, oír la carcajada de un bebé. Escuchar un "te quiero". que se resbale uno de los propios labios. Y por supuesto, despertar en la prisión de un abrazo.
De todo eso está compuesta la vida. No han vedado, nos han reprimido, pero nos quedan las pequeñas cosas. Nos quedan algunas otras formas de placer, nuestros "platos de fideo en la cabeza" que nos hacen entender que respirar, vale la pena.
4 comentarios:
woooooooooowww!!!!! :D
¿pOR QUÉ ME HACES LLORAR ASÍ?
Que rico, me gusto mucho, aunque en lo de los trastes, a mi me molesta la conciencia jeje a veces es medio latosa :)
atte: La Ojitos
(ya me uni al gremio)
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