
A los 11 años me gustaba Jesús. Pero como buen Mesías se sacrificó por los hombres... Y se hizo gay.
Simón era tierno, pero nunca me gustó. Descorazonado decidió alejarse para siempre: se cambió dos butacas detrás de la mía.
El primer Juan tenía los ojos verdes y una Tutsi pop en la mano cuando me pidió que fuera su novia. Yo tenía 13 y él 14. Mi madre me abofeteó cuando se enteró. Yo juré amarlo por siempre. Duramos un mes.
El primer Pedro me confesó su amor saliendo de la secundaria. Pero que me escondiera las libretas y me molestara en clase me pareció todo, menos la señal de su tórrida pasión. Por eso ni ser apóstol lo salvó de que lo mandara al infierno.
En el microcosmos preparatoriano, el segundo Juan era lo más cercano a un librepensador. Creí enamorarme, y cuando no me hizo caso, pretendí padecer desamor. Un reencuentro seis años después, me hizo cuestionarme seriamente el grado de miopía que seguramente padecí como para haberlo visto guapo. Fue aquí cuando perdí una oportunidad con el bíblico Isaac, a quien no miré a causa del segundo Juan.
Después vino el primer Andrés. Gusto mutuo, filósofo, el más inteligente y culto de todos los apóstoles… Una bicicleta que alguien más me pedaleó. Fin de la historia.
“Intenso” es la palabra con la que definiría al apóstol dueño de un nombre que no revelaré, pero que besaba como Judas Iscariote. Su lengua era traicionera, sus manos buscaron 30 monedas de plata en mi ropa y su boca supo mezclar el cielo, el infierno y el vodka.
Luego llegó el que contradijo al Génesis, ya que el segundo Pedro fue el primero de los hombres. Ciertamente éste apóstol poseyó las llaves del cielo. Pero fue desde esa misma altura que descendí en caída libre y me estrellé contra el asfalto.
El peor de todos fue el tercero de los Juanes. Después de varios meses de mi depresión y ante cuatro semanas de su diaria insistencia, accedí a salir con él. Tres horas después de escuchar sobre el único tema que dominaba (él mismo) quedé lista para terapia intensiva de electroshocks ventriculares ante los espasmos cerebrales que me causaron sus “razonamientos”.
Un apóstol cubano, músico y sin nombre, hurtó un beso de mis labios desprevenidos; y sin querer, me convirtió en una coleccionista internacional. (Aleluya).
Luego vino el segundo Andrés, a quien —lo juro— sólo iba a entrevistar. (El periodismo me ha dado tanto…).
Oración de despedida:
La coleccionista resucita de entre los muertos por desamor y se sienta a la derecha de cualquier padre. La vida sigue y su reino no tendrá fin.
Oración exegética:
Como buena coleccionista, quien suscribe aclara que este espacio es más bien un aviso de ocasión para aquellos nombrados Santiago, Bartolomé, Felipe, Mateo, Tomás y Pablo, aún ausentes en esta colección.
Aplican restricciones. Amén.
1 comentarios:
Me encantó este post, está muy bueno!!!
:)
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