miércoles, septiembre 02, 2009

De los jardines familiares


En el jardín de la casa de mis padres los Canos se reproducen como si les pagaran por ello. Tienen incluso el descaro de polinizarse y mezclar sus tonos. Por ejemplo, hay rojos y amarillos, y cuando los dos macizos se alcanzan, se combinan, de manera tal que al florear, la mitad de los pétalos resultan rojos y la otra mitad amarillos. Y aunque mi madre dice que esta casa es decente, no puede negar esta orgía lésbico-vegetal que produce flores mestizas.

Los alcatraces son conos que retienen la lluvia. Sirven de bebedero a las abejas y de broma habitual a Sombra y Karín, los gatos que viven a costillas de mis padres. Al jugar bajo estas flores, Karín tiene el gusto de empujar las corolas y dejarle caer el agua a Sombra, un ejemplar felino, gris y casi subnormal al que he visto empaparse de esta manera por tres días consecutivos.

En el jardín paterno también hay tres invasiones. La primera es la que las langostas emprenden cada año y que ponen a mi señor padre en un estado de gruñimiento continuo. Está convencido de que un chorro de agua sobre ellas es el adecuado correctivo.

La segunda es la que abanderan la Hiedra y los Ojos de Venado, enredaderas que han tenido el gusto de trepar por las bardas como auténticas mujerzuelas arribistas. Y literalmente, han resultado ser todas unas rameras, pues de medio año para acá, se han extendido por el contorno de la finca.

Pero la tercer y más cruel invasión tal vez sea la que ha emprendido la planta de chayotes. Dice mi madre que estas matas son tan prolíficas que una sola de ellas puede producir kilos y kilos de estas verduras que me recuerdan las piernas de mis amigas y las mías. Y si digo que es una invasión cruel, es porque tener una de éstas, implica una cosecha que espina los dedos y que obliga a comer lo mismo diariamente.

A pesar de que mi abuela le advirtió a mi madre que evitara en lo posible tener una higuera por aquello de que “en casa con higuera se llora por cualquiera”, mi padre la plantó. Ella, el árbol de Aguacates, el Nogal, el Níspero, la Granada, el Durazno, el Limonero, el Ciruelo, el Cedrón, el Peral y la Toronja crecieron en la medida que mis hermanos y yo lo hicimos. ¿Que si hemos llorado? Tal vez. Pero eso no es novedad, ya que es herencia de los Santillana ser “quejumbres” y de los Espinosa moquear hasta por penas que no son nuestras.

Pero si tenemos árboles frutales no se debe a ninguna clase de romanticismo, sino a que mi padre dice que no le gusta tener “árboles güevones”, que en su concepción, sospecho que significa que “no den frutos comestibles”. Este concepto se extiende también al resto de los habitantes del hogar.

Por ejemplo, los gatos deben cazar ratones si no, son güevones. Los perros deben ser grandes y bravos, si no, son güevones. Y las mujeres deben saber hacer de comer y mantener limpia una casa, si no, son güevonas (suerte que lo sé hacer, que no me de la gana ponerlo en práctica, es distinto ¿estamos?).

Yo en cambio, sí tengo una concepción romántica sobre los árboles, y por supuesto, sobre mí misma, de lo contrarío no me gustarían las Jacarandas ni me consideraría tan hermosa, simpática, inteligente y sobre todo, modesta. Pero cuando le propuse a mi papá plantar uno de estos árboles que a mitad del año rebozan de flores moradas, me dio un “no”, argumentando que esos son “árboles puercos”, porque llenan las casas de hojarasca. Me dijo que lo haría sólo si yo estaba dispuesta a barrer. Entonces entendí que la posibilidad era nula y que mi padre posee su propio diccionario vegetal.

A veces me pregunto qué se necesita para poder criar una planta. En la ventana de la cocina, por ejemplo, las Violetas de mi madre florean con tal coquetería que podrían pasar por casquivanas. Mientras que las plantas de agua y las Cunas de Moisés que hay como centros de mesa, dentro de poco serán traspasadas a macetas más grandes pues han crecido tan rápido como lo hacen las filas del desempleo en el Estado de México.

No entiendo en dónde radica el secreto. Cuando cumplí veintiún años me regalaron una Petunia a la que bauticé con el nombre de Petus... Petus para allá, Petus para acá. Petus voy a regarte, Petus ¿cómo estás?, Petus ¿te gustó el baño de sol? Petus… ¿Petus? Petus, ¡respóndeme! ¡No me dejes! ¡Noooo…!

Después de me regalaron una planta de la que ya no recuerdo el nombre pero que daba unas flores tan exóticas que me pareció carnívora. Lo malo es que se secó y nunca se comió las moscas que se metían a mi departamento.

Mi último y más desesperado intento fue tener un Cactus. Era pequeño, y no lo nombré para no encariñarme. Hice bien.

El jardín de mis padres es toda una experiencia, incluso culinaria, pues en Temascalcingo algunas personas acostumbran atrapar caracoles y cocinarlos. Sí, los mismos animalejos pequeños y babosos que infestan los jardines en tiempo de lluvias y que se comen las plantas. Entre esas personas está mi sobrino, el mayor, que en últimas fechas me ha obligado no sólo a tal cacería sino a ser partícipe del caracolicidio multitudinario y de la preparación de los cadáveres, a los que no les encuentro el gusto, por más que digan que son el platillo más caro en los restaurantes de caché.

Así las cosas con los jardines familiares.

3 comentarios:

Alejandro dijo...

Reviviste recuerdos familiares casi olvidados relacionados con los chayotes. Me espinaste los ojos, y me llenaste la boca de sabores infinitos, frutales. Te extraño.

Ramtexas2010 dijo...

Hermosos recuerdos de Temascalcingo.

te felicito, por favor publica mas articulos como estos.

Saludos desde Texas

LICCAMM dijo...

SIMPLEMENTE GENIAL GRACIAS POR SER COMO ERES