lunes, abril 12, 2010

Morgue matinal



El sonido del despertador perfora mi sueño, taladra mi inconsciencia con su ritmo y agudeza. Son las cuatro treinta y la Madrugada baila por las calles, hace volar la hojarasca con su vestido de terciopelo.

En calidad de hilacho me arrastro hasta la regadera. Las primeras gotas caen heladas. Se despanzurran contra el mosaico y llegan a mis tobillos reventando en pequeñas dagas. Es mi gran cobardía la que me enchina la piel, la que me obliga a esperar el agua tibia.

La ropa cae. El vapor se eleva. Pronto la bruma ha puesto los espejos blancos. Es mi cabeza la que se mete bajo el agua. La que entrega los sueños de los que aún no se ha despabilado. Shampoo y van resbalando por mis hombros. Sueños torpes en los que regresas. Estúpidos hologramas que inauguran una ruta por mi espalda.

Nada puedo hacer sino exponerlos a la corriente que los obliga cuesta abajo; sacudirlos de mis sandalias, patearlos como a dos peces moribundos. Ahí quedan entre espuma y agua, abriendo las branquias, exudando su agonía.

Sin remordimiento alguno salgo del cuarto de baño. Sin reparos utilizo la crema humectante, el gel, el peine, el desodorante… Bragas, sostén, calcetines, pantalones, tennis, blusa, chamarra, collares, aretes, anillos… todo en el orden acostumbrado.

Salgo de la casa y escucho sus coletazos. Doble llave para que no me sigan.

La Madrugada me despide abriendo los brazos. Yo sólo deseo que al regresar, cuando haya caído la noche, aquellos cadáveres se hayan esfumado.

Traidores. Malsanos.

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