Ya no soy una caja de Pandora. No soy un cúmulo de maldades ocultas que se desperdigarán por los continentes…
(…solamente).
Soy patria en pleno proceso de independencia. Soy tierra que se sacude de revueltas. Soy país de insurrectos; nación de soberanía naciente. Patria que exilia a los invasores, y que, rara vez, sonríe a los extranjeros.
No conozco el “son de paz”. Las banderas blancas no van conmigo. Cualquier movimiento es considerado una agresión deliberada. “Al diablo la diplomacia”, declaran los ministros. Nunca he tratado con embajadores.
Carabelas cargadas de semillas extrañas. Inmigrantes ilegales que vienen sembrando nuevos frutos. Tierra que aprende a germinar otros cultivos. Principiante de pacotilla que se sorprende ante las matas que brotan de sus propios terruños.
Inicio guerrillas a capricho. Expatrio culpables e inocentes. Arrebato nacionalidades. Repudio de pronto a mis más queridos ciudadanos. País embelesado con su propia dictadura.
Sin razón alguna clausuro mis edenes. Envío de vacaciones a la Secretaría de Defensa justo cuando explota una batalla. No hay ejército que auxilie cuando estallan los volcanes. Dejo que se consuman los bosques, que mueran todas mis especies. Luego, emito comunicados lamentando las cuantiosas pérdidas, y abandono mis tierras hasta que se reestructuran por sí solas. Mientras tanto, me dedico a inhibir el turismo.
(Todos los besos tienen el gusto del extranjero).
Un día, de pronto, todo vuelve a estar en calma y mis tierras, ya reverdecidas, cobijan a los sobrevivientes. Todos son bienvenidos. Me vuelvo patria de refugiados.
Lo único que resta del pasado son las veredas y los oasis hallados por los exciudadanos. Sólo quedan las conmemoraciones luctuosas. Las inútiles ceremonias oficiales.
País luminoso y tercermundista, colonizado apenas por un par de culturas. Represor de residentes y medios de comunicación subversivos.
Nación consciente de la necesidad de establecer tratados de libre comercio, alianzas distintas. De reconocer naciones hermanas, lenguas más simples, mundos más complicados.
Tal vez, como la patria que soy, deje de hostigar a mis nacionales cuando conozca más extranjeros que sepan residir en estas latitudes; que no sientan miedo del norte, del sur, del este, del oeste.
Entonces, y sólo entonces, podré abrir mis fronteras a los astrónomos. Tal vez ellos me muestren las galaxias que cubren este territorio, las Andrómedas que habitan estos cielos desconocidos; (este régimen sólo sabe mirar hacia el suelo).
Tengo la esperanza de que el viejo dicho sea cierto… de que este nacionalismo, se cure viajando.

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