viernes, abril 04, 2014

El tercer piso


Llegar a los treinta…

Es, quizás, la forma más cotidiana de concebirse adulto, y al mismo tiempo, la menos efectiva de volverse uno. A mí, por ejemplo, la edad me alcanzó antes que la madurez.

Tan sólo llegar a ese símbolo numérico indica que se debe abandonar la locura y comenzar a usar cremas antiarrugas. (O quizás debí comenzar a usarlas desde antes, como el resto de mis conocidas, quienes desde los veintes,  se embadurnaban con aquellos menjurjes “tensa-pieles”. Pero nunca he sido convencional. No yo).

Treinta años.

¿El saldo? Una relación estable, una especialidad en curso, una arruga entre las cejas (conseguida gracias a mis últimos dos empleos) y sobre todo, la insoldable sensación de no querer darle gusto a nadie.

¿Qué etapa será esta en la que me siguen fascinando las mochilas de gatitos pero me aburren las multitudes y beber alcohol?

¿Qué extraño artificio es este que me lleva a pensar en el futuro y al mismo tiempo a querer tirar todo por la borda y salir corriendo?

¿Qué me llevó a, efectivamente, desecharlo casi todo y correr en dirección opuesta? (Un rumbo por el que ahora atravieso, contradictoriamente,  con paciencia. Una cualidad que antes no existía en mi diccionario personal).

Esta edad es confusa. Todo el mundo dice que la vida comienza después de los treinta años. Pero todo el mundo dice también, que es el momento de casarse, de sentar cabeza: que el reloj biológico de una mujer avanza implacable. Y que por tanto, me amenaza con la futura imposibilidad de la reproducción (aquella que determina mi inexorable contribución personal a la explosión demográfica).

Esta misión biológica, primitiva y femenina, se vuelve una obligación social: he comenzado a notar una mirada de  disimulada subestimación a mí y a mujeres “de mi edad” que no ha cumplido con esa tarea encomendada natural y bíblicamente a mi género.

“A mi edad”, (porque la gente suele usar esta expresión como un eufemismo de los adjetivos calificativos: “vieja”, “solterona” y “quedada”, o "todas al mismo tiempo"),  también tengo la obligación social de tener casa propia, o al menos estar pensado en obtener un crédito para hacerme de una. O bien, se espera verme casada, matrimoniada, desposada, unida, amancebada  o por lo menos, en planes de hacerlo.

Pos no.

En efecto, ya tengo “esa edad” y no tengo hijos. Sigo viviendo en un departamento, no me he casado ni tampoco tengo fecha límite para hacerlo, no he obtenido el trabajo con el que siempre soñé ni tengo la menores ganas de ser mamá. Eso del instinto materno sigue roncando a pierna suelta en alguna parte de mi cerebro. Y por mí, que se quede así por mucho rato.

A cambio, he tenido empleos con los que otras personas siempre han soñado: los desarrollé con éxito y ejercí  mi carrera. Pero al poco tiempo, salí corriendo como una loca en dirección contraria. ¿Por qué? Simplemente porque esos oficios se parecían a mis sueños pero NO eran mis sueños.

Solo por eso.

He desarrollado oficios que nunca pensé que tendría: niñera, encuestadora, negra (en términos editoriales),  correctora de estilo, editora de la sección cultural en un periódico, de una revista de cine, y también reportera de sociales,  de nota roja, de política y economía, me desempeñé en radio, periódico, revistas, televisión;  he sido redactora de noticias televisivas, guionista,  asistente de producción televisiva, coordinadora de noticieros, asistente de fotografía, repostera, maquillista, actriz, servidora pública, fotógrafa, dramaturga, asistente de dirección teatral, directora teatral, escritora, relacionista pública, caricaturista, cuentista, productora de televisión, maestra y otras variantes…

Pero al final, solo soy yo: sentada en el sillón, mirando cómo duermen mis gatos; mientras afuera los autos rugen y los herreros escandalizan la colonia con sus cortadoras eléctricas.

Debo confesar que, antes de los treinta, era un tanto distinta.

Por ejemplo, la gente me importaba más de lo que me importa ahora. Porque entendí algo: la sociedad no vive dentro de mi departamento y nunca han tocado a mi puerta para preguntarme si este mes completé para la renta, si todos los días lleno de gasolina el tanque de mi vehículo o si me cuesta un huevo o huevo y medio cursar mi especialidad en una reconocida universidad particular. Tampoco han venido a censar mi refrigerador ni han notado que, en ocasiones, este electrodoméstico es habitado únicamente por un huevo a punto de volverse pollo o por un brócoli mutante. Ningún miembro de esa sociedad (que por cierto, ha tenido el valor de emitir opiniones sobre mis decisiones y mi persona), me ha –siquiera– curado una sola y maldita gripa.

Aquí solo vivimos yo, mis gatos y mi nochebuena, éstos dos últimos como pruebas fehacientes de que a mis treinta, por fin aprendí a cuidar una planta y una mascota.

Fumar, por ejemplo, dejó de ser una forma de rebeldía preparatoriana para convertirse en un hábito asqueroso que apesta la ropa y deja mal aliento, además de ser estúpido. Beber dejó de tener el objetivo del codiciado “mareo legal” que solía divertirme tanto. A cambio: la moderación. Hay que ahorrarse la molesta resaca que antes era una travesura que nos demostraba “que ya éramos grandes”.

Aunque nunca me gustaron los antros, debo confesar que no hace mucho, enfrenté una lucha interna por regresar a los viejos hábitos de las fiestas clandestinas, intentando mantenerme despierta hasta las ocho de la mañana, bebiendo y bailando. Pero los esfuerzos han sido infructuosos. Los amigos comienzan a retirase después de la media noche, argumentando que deben trabajar al día siguiente o que no podrán reponerse para comenzar la semana. Mientras que yo empiezo a aburrirme cuando suenan los ritmos que ahora están de moda.

En tanto, mis cuentas en las redes sociales se llenan de fotografías de recién nacidos, de compañeras embarazadas o de niños luciendo sus disfraces en festivales escolares. Lo que sin duda me anuncia lo que “ya debería estar haciendo”, lo que le corresponde a mi edad y a mi sexo.

Y ante ese terrible dilema, ante esa encrucijada del destino me veo obligada a esgrimir una total y categórica respuesta: Nel, pastel.

No quiero, ¿y qué? Me gusta mi vida tal como está. Estoy cómoda luchando por lo que sé que algún día habrá de ser. Me gusta la gente con la que convivo y las personas nuevas, y también estoy cómoda con aquello que se ha ido, y que agradezco, nunca volverá.

Llegar al tercer piso, también tiene algunas ventajas: significa volver a leer a los autores que me habían impactado y darme cuenta de que siempre les faltó calidad literaria, pues los comparo con los que he leído actualmente y me río de la "yo" anterior, como sé que en un futuro me reiré de la "yo" actual. En cambio, el teatro y las novelas clásicas, comienzan a tomar un sentido inusitado, aunque antes me parecieron densas y monótonas.

Las insufribles clases de política toman sentido ahora que encuentro que el ejercicio de la política, la ética y la filosofía se contraponen espantosamente, tanto, que da risa. En tanto, las prácticas neoliberales y capitalistas, golpean mi calidad de vida y mis concepciones personales sobre ella.

Miserablemente: algunas personas con las que me he topado o que han ocupado algún lugar en mi vida, me demuestran una y otra vez, que esa trillada frase de “vivimos en una era individualista” es cierta. Y que la frase “todas las personas tienen algo bueno”, como todas las afirmaciones categóricas, es falsa.

Ha sido duro, pero he descubierto (a fuerza de porrazos), que sobre estimar a la gente es un error, y que subestimarla, también lo es. Y que tu familia nuclear, al menos  la mía, nunca te abandona.

Entendí, con el correspondiente catorrazo, que la “amistad eterna” dura hasta que dejas de serle útil a las personas.  Y que las confidencias a los extraños algún día se volverán sus principales armas en tu contra.

Pero en este tiempo también asimilé que la forma más efectiva de molestar al otro no radica en la elucubración de una venganza, sino simplemente en concentrarte en ser feliz y, que eventualmente, se note. No hay represalia más dolorosa para un enemigo.

Por eso suelo mirar hacia adelante, pues nunca como ahora, había cobrado tanto sentido para mí el viejo dicho de “arrieros somos, y en el camino andamos”.

Concluí que el silencio es la forma más efectiva en la que se manifiesta la prudencia, y que los consejos de los demás no siempre son bienintencionados. Pero sobre todo, entendí que a la primera persona que a la hay que escuchar es a uno mismo; pero a ese “yo sincero”, al que no le gustan los caramelos mentales, y después, a tus padres (al menos, si son sabios y un ejemplo de vida, como los míos).

Séneca decía “entre más conozco a la gente, más quiero a mi perro”. Me atrevo a decir que seguramente, aquel filósofo terminó amando con pasión desenfrenada a su canino.

En estos treinta años, pero sobre todo, en los últimos diez, vi al mundo pedir que “la gente sea sincera”, y al mismo tiempo repudiar a quien ejerce el mentado valor universal. Las personas y las instituciones piden honestidad pero, incesantemente, buscan veredas que la evadan.

Del mismo modo: las personas instan a otros a seguir sus sueños, pero cuando los miran ir en esa dirección, dejan piedras para que se tropiecen, deseando fervientemente que nunca se levanten.

Yo, por ejemplo, creía que no tenía enemigos, hasta que comencé a trabajar en gobierno y supe que aún antes de mi primer día, gente que aún no me conocía, ya me había tendido cuatros. Y luego, en otros ámbitos mucho más cotidianos, la gente se quitó las caretas y me enseñó los colmillos, la sonrisa sardónica, el guiño irónico. El cliché de la “selva de asfalto” es completamente cierto. Pero me costó trabajo asumirlo como verdadero.

Y también conocí gente nueva en la que de verdad habitan valores.

Otra cosa que continúa intacta es que me sigue gustando el teatro. Palpita dentro de mí como una vena hinchada que pide ser drenada. Y hoy más que nunca, estoy convencida de que es mi camino, mi rumbo, mi destino final que algún día habré de alcanzar con éxito.

La escritura en cambio, ha sido un proceso lento, y al mismo tiempo, la manera más bella de guardar silencio. Cuando no se me da la gana pronunciar palabra, me quedan las yemas de los dedos para tamizarme el alma, para reivindicar mi propio tiempo. En la escritura pasa lo que yo quiero, cuando yo quiero. Es más, las preguntas son las indicadas y las respuestas son las correctas: las más sarcásticas, las más irónicas, las que hieren o las que consuelan. Escribiendo, soy libre.

Otra cosa superflua, quizás,  pero en la que he depositado mi confianza durante estos años, (y creo que perdurará), es en la fuerza de gravedad: me niego rotundamente a planchar ropa. A cambio he ideado un sublime y efectivo método: después del centrifugado intensivo, cuelgo  las prendas en ganchos y las tiendo al sol. Es increíble cómo mis indumentarias se “planchan solas”.

(Quiero aprovechar este espacio para bendecir al hombre, mujer o quimera que inventó la lavadora. Este electrodoméstico es para mí un recurso portentoso, una invención deslumbrante, un artificio glorioso, un instrumento que se escapó del Olimpo y que me evita desperdiciar horas de mi vida realizando estas espantosas tareas domésticas).

Hay cosas que nunca cambian: conservo la costumbre de evitar lavar y planchar (con todo y el instrumento de los dioses), postergándolo hasta que no me queda de otra que usar pantalones “de vestir” o “ropa formal” porque se me acabaron los jeans, las blusitas limpias y los calcetines que sí tienen par.

Sigo siendo yo, la misma chica desenfadada que se llena de collares y aretes, de anillos grandes, la que prefiere los huaraches y los tennis a los tacones de trece centímetros que se han puesto tan de moda, que me recuerdan a las Spice Girls (este referente acentúa mi vejez, lo sé) y que convierten a mis congéneres en la alegoría viviente de “Bambi recién nacido”.

Por otro lado, me sigue pareciendo un reto del tamaño universal ser concreta (como lo habrán podido notar si es que llegaron a estas alturas del escrito, y no me mandaron a la porra en el párrafo cuatro). Y también me cuesta callarme el hocico ante las injusticias. Me ha sido siempre, debo decirlo, bastante complicado, y por eso me he ganado más de una enemistad.

Simón. Tengo treinta, pero no he vivido lo suficiente. Aún quedan países y gente por conocer, incógnitas que resolver, errores por cometer, libros por leer, cosas por aprender.

Y hoy, más que nunca, me da risa la gente la gente de mi edad o mayor que me mira con desdén, creyendo que lo sabe todo, y también la que se acomoda en un sitio, como una gallina que empolla, pero que (literalmente) debajo no tiene huevos.

En más de una ocasión he saltado al vacío. Sola. En caída libre, con el miedo retorciéndome las tripas, con el corazón latiendo mil veces por minuto. En algunas ocasiones me he estampado contra el asfalto y otras más, he logrado aterrizar con gracia… pero sola.

Sigo siendo yo. La mujer a la que le gustan los gatos, escribir, el teatro, ver cómo lavan los parabrisas en las gasolinerías, los besos largos, cocinar pollo y mentar madres.

Soy la mujer que no ha olvidado cómo se puede ser una niña, la que ha visto desfilar por su vida a gente valiosa y también a personas que se han desmoronado ante ella, como estatuas de sal.

Soy yo. Esa que emite comentarios mordaces, la que se mete en pedos de a gratis, y también a la que le gusta conciliar, la que cree en el arte (aunque no en los artistas), y la que ha cambiado su creencia en el humanidad por el método de “nadie es digno de confianza hasta que demuestre lo contrario”, un giro de ciento ochenta grados, a mi forma de pensar, debo acotar.

Pero aquí sigo, en pie de lucha, creyendo lo mismo en lo que creía a los dieciséis años.  Me siguen gustando las hadas, la mitología griega, el teatro, los íconos de la belleza femenina y al mismo tiempo los de las mujeres invencibles. Me encantan las fantasías, las utopías y los movimientos sociales (si es que los tres términos no pueden ser interpretados como sinónimos).

Sigo sosteniendo que me equivoqué de época; si hubiera nacido a mediados de los 1800, habría sido modelo (sin pedos) en las pinturas de Renoir o un poco antes, en las de Rubens. Si hubiera sido joven en los setentas, habría seguido el movimiento hippie, quemado todos los brasieres de mi armario, y sin duda,  también habría probado todas las drogas existentes.

Pero, bueno… aquí estoy, en esta era medio insípida, tecnologizada, con una juventud adormilada que recicla las modas una y otra vez y siente que innova, que quiere “cambiar al mundo” despepitando opiniones en Facebook. Estoy entre una generación indolente, que mantiene la vista fija en las pantallas de sus celulares, que cree que el mundo es Internet, que postea que  “se la está pasando bien”, en vez de pasársela bien, que no conoce la historia de su país ni sabe quiénes son sus gobernantes. Somos una generación a la que no le gusta leer, pero que ha desconfigurado la escritura adrede para redactar con mayor premura, que está casada con el consumo y la rapidez, a la que le gustan los ritmos repetitivos e incesantes, ataviados de luces neón y carencias de ideales, y que aún así, tiene el descaro de reproducirse.

Pues, qué más… Nada, sigo adorando a Bridget Jones, gurú, filósofa contemporánea incomprendida. Me encantan las mujeres de Renoir, y la Danae de Klimt, el mito de Medusa, el de Danae, el del Minotauro, Edipo Rey, sigo amando los ritmos literarios de Juan Rulfo, las novelas de Jane Austen, las de García Márquez y los cuentos de Edgar Allan Poe, y “Las flores del mal” de Baudelaire. Me sigue gustando armar rompecabezas, caminar descalza, los atardeceres anaranjados, mis viejas sábanas de algodón, maquillarme los ojos con tierra india, “La puerta en el muro” de H. G. Wells, las películas de época y la música en casi todas sus formas.

No me interesa practicar meditación, yoga ni nada... más bien últimamente he aprendido a conectarme con mi “Chi", con mi “CHI%&/(/() a su madre todos”, y a entender que el miedo, la culpa y el arrepentimiento no sirven para nada. Quizás solo para dominar y manipular a otros, pero si uno los alberga se convierten en prisiones, en rocas en las espalda.

Quizás, a veces, me invaden ciertas nostalgias, de hechos que me niego a revelar pero que fueron intensos. Éstos suelen esfumarse cuando recuerdo que no sería quien soy ni estaría recorriendo el actual camino "si lo fue no hubiera sido" o viceversa.

Tengo treinta, y mis rebeldías siguen siendo como de veinte. Pero solo puedo prometer algo: brincaré por el mundo como una chiva enloquecida, hasta que los dolores en las articulaciones me lo impidan.

Fin.