Pasión de Caza de Oliverio Arreola
Sol Rubí Santillana Espinosa
No me ames.
Olvida ya la alcoba en que te sueñas.
Negros escorpiones invadirán tu cama,
Víboras negras se tragarán tu sexo
para después huir despavoridas por mi espada.
Pasión de Minos, poema II.. Pasión de Caza, Oliverio Arreola.Oliverio Arreola Ceballos fija la mirada, levanta las cejas y sentencia: “el amor sólo se tiene para olvidarlo. Es saber que uno ama, y que la persona que se fue no nos amó, porque el que ama, se queda”. Es justo en ese instante cuando el escritor se llena de recuerdos, de aquel pasado que se le tergiversó en poemas. El dolor fue una semilla que germinó en hiedra, en una enredadera espinosa que trepó su cuerpo. Fue entonces cuando a Oliverio, el hombre, no le quedó otro remedio que convertirse en poeta.
“Para que no me duelas tanto, me he puesto a escribir estos poemas, Ariadna. Yo soy el Minotauro y Teseo al mismo tiempo. Tú no sabes qué es ser un Minotauro. Es una especie encendida de argamasa; un poco de bestia y casi hombre; un poco de dolor y de condena”.
Teseo, Cuarto de Mapas.
Pasión de caza es el nombre del libro que recopila los poemas de este escritor mexiquense, con los que se hizo acreedor al Primer Premio Estatal de Poesía Joven “José María Heredia y Heredia”. En estos textos, David Huerta, Alí Chumacero y Eduardo Langagne reconocieron una historia sedienta, que relata el adiós de un amante contado a través del mito del Minotauro.
Los poemas narran una historia y al mismo tiempo reinventan la trama de aquella bestia mítica que surgió de la unión de la reina Pasifae y un magnífico toro blanco que el rey Minos se negó a dar en sacrificio a Poseidón. Como castigo, el dios hizo nacer en Pasifae el deseo de ser poseída por el toro. De aquel acto nació el Minotauro: mitad humano, mitad bestia. Un ser que sólo se alimentaba de carne humana, que fue encerrado en un laberinto y al que se le ofrecieron doncellas en sacrificio; hasta la llegada de Teseo, su asesino.
Fue el Minotauro y su sed eterna, fueron Teseo y la voz angustiada de Ariadna, fue también la poesía de Jorge Luis Borges, la escritura de Julio Cortazar y la ausencia del amor, lo que inspiró a Oliverio Arreola Ceballos a crear este poemario.
La eterna pregunta“Amar es tener la certeza de que se hace algo en vano. Se ama lo ilusorio, es nunca saber lo que el otro siente. Amar es un acto individual, porque quien sabe que ama soy yo y sólo yo”, dice el poeta intentando desentrañar una de las experiencias más intensas que vive el ser humano.
Pero no sólo sabe amar mujeres. Por encima de todo, Oliverio ama las palabras: las letras que se juntan para formar sonidos que se paladean, que cuentan historias y construyen literatura. El poeta comenzó a escribir a los quince años imitando a Samuel Beckett y a Antonio Machado. Tiempo después, la escritura se le volvió una decisión. Ello lo llevó a publicar el libro
Las otras caras del rostro y poco después
Pasión de caza, premiado en el año 2003.
“La escritura está más allá de las cosas cotidianas. Puedes amar a una mujer pero eso nunca va a estar sobre tu escritura”, y es que según dijo, escribir es un acto de amor. En el camino de la literatura, Oliverio fue descubriendo que el oficio del escritor va más allá de únicamente redactar con pasión, pues la escritura “es disciplina, es estudio. No solamente se nutre del deseo de escribir sino de varios elementos como estudiar lengua y gramática, ver si ciertos adjetivos funcionan dentro de lo que estás haciendo, analizar cómo vas a estructurarlo todo. Es pensar en un libro desde el principio hasta el fin. Saber cuándo está terminado, y al mismo tiempo, ponerle mucha pasión”, asegura.
Según Oliverio,
Pasión de caza se comenzó a escribir antes de que su amada —como él la llama— se fuera. “Lo empecé estando con ella porque yo ya sabía que se iba a ir. Ella nunca creyó que yo le fuera a escribir un libro”. Pero sucedió. Y aunque lo que inspiró estas letras fue el dolor, no es un libro que se haya escrito con desamor “se nota perfectamente cuando escribes con amor al lenguaje, más que con desamor hacia un determinado tema. Este poemario lo escribí amando las palabras”, dice.
Amar es la certeza de uno mismo, pero también la eterna pregunta acerca del otro. Por eso
Pasión de caza es un libro sediento, que habla sobre la presencia del otro y luego de la angustia ante el vacío; sobre el sexo y su ausencia, pues el poeta asegura que “no hay peor sexo que el que no se hace. Porque es el sexo que más duele, y es también es el que más se expresa. "Yo tenía algo metido en el corazón, una flecha, cicuta, no lo sé”, dice “lo que me gusta del libro es que todo el mundo piensa que es sobre el sexo. Pero la primera mujer que lo leyó me dijo: ‘no es un libro sobre el sexo. Es un libro que entiendo, porque es algo que yo también sentí: el desasosiego, la desesperación, la angustia de saber que amas a alguien, de saber que ese alguien te ama, y que por pendejos, cada quien se va por su lado’”.
Por eso, por lo que no se tiene, este poemario rememora caricias que se volvieron tatuajes. Besos quemantes que dejaron cicatrices. Manos que recorrieron el cuerpo con sus falanges afiladas. Deseo que se transformó en escorpiones, que lo intoxicó todo.
“Soy Minos
Quien escupe alimañas por el sexo
mientras amo a esta mujer
Que se incendia de pasión, aquí, entre mis brazos
y muere picoteada por monstruosos escorpiones
en el vientre.
Y le digo: amor
por mi vez última.
Más mientras la beso, su cuerpo,
suavemente,
se sacude, envenenado.”
Pasión de Minos. Poema I.Adiós para siemprePasión de caza parece ser un largo adiós. Letra a letra, forma una mano que se agita en el aire, anunciando el irremediable final. En él, se escucha la voz de Ariadna, al desesperado Teseo, que en el mar, le suplica a su amada que no vuelva, que no lo quiera, pero que siempre, recuerde.
“No cometas ni un error. Que nunca vea mi nombre cuando cierres los ojos. Que nunca lo escuche cuando sienta que pierdes el aliento. No le des ni un dato ni una seña. Disuádelo cuando intente comprender nuestro alfabeto. Dile que ningún propósito vale. Que es en vano. Ni la quiromancia ni el hechizo lo salvarán para entonces. La alquimia no valdrá para sus ruegos. Tiende bien tus redes. Que no escape. Recuerda bien las reglas de este juego”.
Cartas de Navegación. Última noche.“Y ¿cómo retienes a alguien que no quiere estar ahí? Y tú, ¿cómo le dices a ese alguien que el verdadero amor está contigo?”, cuestiona “por eso decidí dejarla libre”. Y es que Arreola sostiene que en el amor, las cosas nunca son como uno cree o como quiere que sean. Casi en todos los casos se sale perdiendo: si el amor se va, se lamenta su ausencia y si se queda, se corre el riesgo de que se nos vuelva cotidiano. “En ambos casos se convierte en un amor no satisfecho. Ambas cosas son dolorosas. Yo no quería que me doliera, pero tenía que sacarlo de alguna manera, y escribir me salía más barato que ir al psicoanalista”, dice riendo.
Un cazador que no sabe perseguirFue desde la herida abierta, con el dolor recrudecido como Oliverio Arreola escribió un poemario dedicado a una mujer que se fue y a la que nunca persiguió. “Tengo algo que me reprochan mis amigas: no sé perseguir. Porque creo que el amor se da y se siente, y que cuando persigo, estoy violentando esa libertad. Pero dicen las buenas mujeres que a veces hay que perseguirlas”, asegura el poeta mientras le sonríe a su autoreconocida rareza.
Oliverio mira a sus personajes tan extraños como él mismo. Teseo es un rey sin patria, con pocos amores verdaderos; y el Minotauro, un ser que está completamente solo. Ambos se encuentran amando lo que no tienen. Ambos tienen la certeza de saber que ese algo se les fue cuando aún estaba entre sus brazos. “La mayoría de la gente que ama se da cuenta de que el otro se fue hasta que se ha ido, pero no cuando se está hiendo. Para cuando escribí el texto yo ya era consciente de ciertas cosas, y una de esas era la huida”, reflexiona.
Con su
Pasión de caza, Oliverio muestra el amor como la pregunta perpetua, como la incertidumbre eterna. Todo lo llevó a construir voces femeninas y masculinas, a contar la desesperación que provoca la ausencia del otro, del sexo, de aquello denominado amor. Esa palabra que es más que un concepto, que es precisamente una
Pasión de caza; el ansia de perseguir esa gacela escurridiza. Ese anhelo destructor de disparar una flecha para verla caer y saberla nuestra. Porque no se tiene la certeza que existió sino hasta que se le ha cazado y violentado, hasta que hemos visto su cadáver o nos damos cuenta de que agoniza en nuestros brazos.
Se le llora cuando vive porque no se tiene la certeza de que existe; y se le llora cuando muere porque para conocerla, hemos tenido que aniquilarla. No obstante, aquellos que logran atraparla con vida, difícilmente saben qué hacer con ella.
Pasión de caza nos enseña que como el Minotauro, somos humanos y monstruos, creadores y suicidas. Deambulamos en un laberinto. Andamos ebrios de amor al principio y luego, con la resaca de la ilusión caduca. Como a la poesía de Oliverio Arreola, diversas voces nos habitan. Y al igual que la bestia bicorne, somos amantes antropófagos que no saben quererse sin destruirse, sin comerse el uno al otro.