miércoles, marzo 02, 2011

El destello



Discurso leído durante el homenaje a Luis Palacios por su 30 aniversario como catedrático en el ITESM Campus Toluca
Sol Rubí Santillana

La primera clase con el profesor Luis Palacios fue una completa confusión. Sí, sus discursos eran complicados, sus análisis eran a profundidad, y solían destrozar dogmas y preceptos. No había forma de escapar de su pensamiento que discernía lo que nos resultaba francamente incomprensible. Los ensayos que nos dejaba se convertían en verdaderos retos intelectuales; y claro, cuando una intentaba copiar el esquema que él había diseñado en la pizarra, se encontraba frente a un espagueti “a la Palacios” condimentado con desconciertos estudiantiles.

Hoy, casi cinco años después de haberme graduado de la carrera de Ciencias de la Comunicación, hoy, que mi trabajo es en los medios informativos y que he conocido músicos, intelectuales, poetas, actores, directores, escritores, productores, políticos y otras subespecies, volteo al 2006, el año en que me gradué, volteo a mi escuela, recuerdo a Luis Palacios y descubro que lo sigo admirando con la misma vehemencia de siempre.

Hoy, que lo miro a la distancia, encuentro que no sólo extraño sus clases y sus espaguetis, sino sus consejos y apoyo, su mente lúcida y su guía. En mi caso, y me atrevo a hablar por mis compañeros de generación, sin él, mi paso por esta institución no habría sido el mismo.

Creo que los alumnos casi siempre salimos debiendo… estudiamos, pasamos los exámenes, nos graduamos y casi nunca nos detenemos a decirle a los profesores cuánto influyeron en nuestras vidas y cómo fue que una simple palabra suya nos ayudó a encarar nuestros demonios y a atrevernos a ser quienes hoy somos. El “yo creo en ti” de Luis Palacios, encendió la mecha que hizo explotar nuestros potenciales.

Todavía recuerdo que mi compañía de Teatro Medusa, que surgió precisamente en su clase de Historia del Arte. Sí, Luis Palacios no solo nos enseñó a apreciar el arte sino que nos apoyó hasta el final cuando quisimos escribir y realizar nuestras primeras producciones escénicas. Cuando las vicisitudes de un estado que no aprecia el teatro nos golpeaban, nuestro profesor nos animaba, nos daba la palmada en la espalda que incluso nuestros padres nos negaron por no estar de acuerdo con nuestros sueños, pues les parecían disparatados.

Gracias a Luis Palacios me animé a seguir escribiendo y dirigiendo, y gracias a él, los integrantes de aquella compañía teatral no dudamos en volvernos nuestros propios gestores culturales. Recuerdo que Medusa dio funciones por todo el Estado de México durante varios años.

No puedo hablar de Luis Palacios sin mencionar que no solo es un excelente catedrático sino que su compromiso rebasa lo institucional para instaurarse en lo humano. Su manera de formar a los alumnos es verdaderamente extraña encontrar en estos tiempos. Y es que son 30 años y él mantiene la misma pasión por la enseñanza, demostrándonos que un buen profesor no solo instruye, sino que es capaz de cambiar vidas y de marcarlas para siempre.

Los de ahora son tiempos grises que se ensucian de rojo. Este país se encuentra cimbrado por la violencia. Las luces se nos extinguen cuando la destrucción y el desconsuelo se aproximan. Los índices de depresión se acrecientan entre los jóvenes de manera alarmante. La indiferencia y la apatía se han instaurado en las nuevas generaciones como una peste antiprogresista que nos impiden no solo creer en nuestros sueños, sino incluso soñar.

Pero en medio de toda esa oscuridad, Luis Palacios es un destello. Sus palabras y consejos causan resplandores, intercambiando apatía por conciencia y desánimo por amor a la vida.

Por todo ello, no me queda sino decir: ¡gracias!

Gracias don Luis, por se luz para quienes le rodean. Gracias por no dejar de infundir aliento entre quienes  han sido alcanzados por el desencanto. Gracias por no solo ser maestro sino mentor; un ser humano que entiende el mundo pero que no ceja en su intento de cambiarlo a través de sus jóvenes.

Gracias por 30 años de formación y guía, y sobre todo por marcar nuestras vidas de una manera tan contundente y positiva. Es por ello que siempre tendrá toda mi admiración y respeto.

¡Felicidades!, don Luis Palacios.

miércoles, enero 26, 2011

Bengala




Bengala de mi vida, te aproximas destellando chispas por los dedos.
En tus manos habitan luciérnagas. Andan por ahí, iluminándome el cuerpo.
Cada noche llegas para transformar tus brazos en cerco.
Soy yo quien va cerniendo tus recuerdos.

Violencia de tu sangre. Frescura de este cuerpo. Dolor en descascaro.

Surcas la piel lo mismo que la cicatriz del arcoíris en el cielo.
Ven, que voy a sellar las llagas de tu cuerpo.
Ven, que desvaneceré el gusano de aquella cirugía vieja.
Ven, que recolectaré  la llovizna chispeante de tus besos.

Espigas de luz. Púas luminosas.

En tu rodilla derecha, la Cordillera de los Andes. Montañas mansas en la palma de mi mano.
En tu rostro, el recuerdo del béisbol. Línea añeja que un día se llenó de sufrimiento.
En el tobillo, tu piel me cuenta que estuvo abierta. Hoy, proscrita de dolor, se entrega con cadencia y desesperación.

En respuesta, yo... La hondonda acuosa, la que bien dices, llora.

Bengala de mi vida, surcas mi piel lo mismo que el haz de un relámpago.
Bengala de mi vida, tus dedos luciérnaga acarrean los colores.
Bengala de mi vida, flash del universo, resplandor inesperado…
Bengala de mi vida, me incendio de ti… Me incendio contigo.

domingo, diciembre 05, 2010

Cuéntame, Sudamérica




Cuéntame otra vez de mi cara entre tus manos

Sigo sin comprender aquel incendio en la oscuridad

Cuéntame otra vez lo que dijiste con aquel acento que asesina consonantes

Es Sudamérica la que baila entre tus labios

Cuéntame de tu barba y lo áspera que resultó al contacto

Es tu saliva la que va diluyendo la soledad

Cuéntame de ese beso inicial, gota fresca vuelta torrencial

¿A dónde te llevaría la piel, Sudamérica, si la dejaras sola en su andar?

sábado, octubre 09, 2010

Desde siempre



Tras todos los velos soy yo.
No pidas explicaciones. Es inútil.
Sólo sé alejarme. Desde siempre.

Mi único y más sano consejo: persigue…

Siempre voy a huir.

martes, agosto 24, 2010

De Ningún Sitio


Habitante de ningún sitio. Vives en la frontera del país de la nada. Tus terruños colindan con el vacío y con villas que se encaraman en el monte de la desesperación. El único lugar pronunciable se dice “Segovia”; pero aún no tengo en orden mis documentos para visitarlo.

                Tú y yo somos perfectos. Pero apenas llega el alba, quedamos en ridículo. Te guardas en el envase que reza “este producto es reciclable”. Y yo me deshago de ti como quien elimina telarañas de una esquina.  Nuestros disgustos se solucionan a la noche siguiente o  mientras viajo en el transporte urbano.

                Habitante de Ningún Sitio, pronto viajaré a Segovia. Aunque vaya buscando quién sabe qué cosas. Iré sólo para entender que no es ahí donde vives, aunque lo sepa de antemano. Dame unos meses. Ahorraré para ello. Soportaré baguettes y seseos para encontrarte. Viajaré con el firme propósito de extraviar los recuerdos. Y si te encuentro, te dejaré confeccionarme unos nuevos. Y es que para entonces, estoy decidida a padecer amnesia.

                Mi viaje busca una cicatriz en la rodilla y un museo desconocido del que ya he escrito un reportaje. Es más, llevaré para ti el artículo publicado hace unos tres años, y la fotografía que aún conservo, sí, la que te tomé en aquella desnutrida conferencia de prensa.

                Habitante de Ningún Sitio, pondré un anuncio en los clasificados de El País, esperando encontrar la sonrisa que me convidaste aquel día, la misma que me ruborizó, la que no supe responder, la que perdí en un derroche de estupidez. Vuelve a esperarme mientras yo tomo los datos faltantes por haber llegado tarde. Así nuevamente nos quedaríamos solos en la sala de exposiciones. Mi única condición es que lleves aquella actitud desgarbada de manos en las bolsas y esa mirada insistente que no pude quitarme de encima mientras te tomaba fotografías destinadas a la página doce.

                Si volvemos a estar así, prometo no  irme otra vez cuando te acerques, ni bajar la cabeza y alejarme cuando vuelvas a ponerte a un lado mío frente a aquella vitrina de adefesios antiguos.

                Habitante de Ningún Sitio, con una mano sobre esta taza de café, juro solemnemente no mirar mis Converse, sino ese rostro de barba crecida que se fijaba en mí con insistencia. Y cuando las autoridades locales finalmente vuelvan a pasarte el micrófono, te prometo no clavar la vista en mi pequeña libreta. Cuando vuelva a recoger la grabadora de voz que estaba justo frente a ti, prometo no huir luego del choque eléctrico que surgió al roce de los dorsos de nuestras manos.
               
                No rehuiré a tu mirada. No esquivaré tu sonrisa. Entrevistarte será un pretexto. Encadenaré a la timidez y en esta nueva historia no existirá el “hubiera”. Y verás, Habitante de Ningún Sitio, cómo la historia se modifica. Verás como te mudas de tu actual ciudad, para ser habitante de nuevas latitudes.

viernes, junio 18, 2010

Irreparable


José Saramago
1922 - 2010
Con "El Evangelio según Jesucristo", amado y odiado por muchos, con tu "Caín" breve pero infinito, y con tu "Memorial del convento" dejas titilando letras que agonizan con "Las intermitencias de la Muerte". Saramago, tu pluma atea e irreverente nos abrió los ojos luego de tu "Ensayo sobre la ceguera" y tu "Ensayo sobre la lucidez". Continuará "El viaje del elefante" y tus palabras seguirán bailando en los claroscuros con los que hablaste sobre Dios y la Muerte. Saramago José... siempre serás una pérdida irreparable.

sábado, mayo 22, 2010

El nacionalismo se cura viajando



Ya no soy una caja de Pandora. No soy un cúmulo de maldades ocultas que se desperdigarán por los continentes…



(…solamente).


Soy patria en pleno proceso de independencia. Soy tierra que se sacude de revueltas. Soy país de insurrectos; nación de soberanía naciente. Patria que exilia a los invasores, y que, rara vez, sonríe a los extranjeros.

No conozco el “son de paz”. Las banderas blancas no van conmigo. Cualquier movimiento es considerado una agresión deliberada. “Al diablo la diplomacia”, declaran los ministros. Nunca he tratado con embajadores.

Carabelas cargadas de semillas extrañas. Inmigrantes ilegales que vienen sembrando nuevos frutos. Tierra que aprende a germinar otros cultivos. Principiante de pacotilla que se sorprende ante las matas que brotan de sus propios terruños.

Inicio guerrillas a capricho. Expatrio culpables e inocentes. Arrebato nacionalidades. Repudio de pronto a mis más queridos ciudadanos. País embelesado con su propia dictadura.

Sin razón alguna clausuro mis edenes. Envío de vacaciones a la Secretaría de Defensa justo cuando explota una batalla. No hay ejército que auxilie cuando estallan los volcanes. Dejo que se consuman los bosques, que mueran todas mis especies. Luego, emito comunicados lamentando las cuantiosas pérdidas, y abandono mis tierras hasta que se reestructuran por sí solas. Mientras tanto, me dedico a inhibir el turismo.

(Todos los besos tienen el gusto del extranjero).

Un día, de pronto, todo vuelve a estar en calma y mis tierras, ya reverdecidas, cobijan a los sobrevivientes. Todos son bienvenidos. Me vuelvo patria de refugiados.

Lo único que resta del pasado son las veredas y los oasis hallados por los exciudadanos. Sólo quedan las conmemoraciones luctuosas. Las inútiles ceremonias oficiales.

País luminoso y tercermundista, colonizado apenas por un par de culturas. Represor de residentes y medios de comunicación subversivos.

Nación consciente de la necesidad de establecer tratados de libre comercio, alianzas distintas. De reconocer naciones hermanas, lenguas más simples, mundos más complicados.

Tal vez, como la patria que soy, deje de hostigar a mis nacionales cuando conozca más extranjeros que sepan residir en estas latitudes; que no sientan miedo del norte, del sur, del este, del oeste.

Entonces, y sólo entonces, podré abrir mis fronteras a los astrónomos. Tal vez ellos me muestren las galaxias que cubren este territorio, las Andrómedas que habitan estos cielos desconocidos; (este régimen sólo sabe mirar hacia el suelo).

Tengo la esperanza de que el viejo dicho sea cierto… de que este nacionalismo, se cure viajando.

lunes, abril 12, 2010

Morgue matinal



El sonido del despertador perfora mi sueño, taladra mi inconsciencia con su ritmo y agudeza. Son las cuatro treinta y la Madrugada baila por las calles, hace volar la hojarasca con su vestido de terciopelo.

En calidad de hilacho me arrastro hasta la regadera. Las primeras gotas caen heladas. Se despanzurran contra el mosaico y llegan a mis tobillos reventando en pequeñas dagas. Es mi gran cobardía la que me enchina la piel, la que me obliga a esperar el agua tibia.

La ropa cae. El vapor se eleva. Pronto la bruma ha puesto los espejos blancos. Es mi cabeza la que se mete bajo el agua. La que entrega los sueños de los que aún no se ha despabilado. Shampoo y van resbalando por mis hombros. Sueños torpes en los que regresas. Estúpidos hologramas que inauguran una ruta por mi espalda.

Nada puedo hacer sino exponerlos a la corriente que los obliga cuesta abajo; sacudirlos de mis sandalias, patearlos como a dos peces moribundos. Ahí quedan entre espuma y agua, abriendo las branquias, exudando su agonía.

Sin remordimiento alguno salgo del cuarto de baño. Sin reparos utilizo la crema humectante, el gel, el peine, el desodorante… Bragas, sostén, calcetines, pantalones, tennis, blusa, chamarra, collares, aretes, anillos… todo en el orden acostumbrado.

Salgo de la casa y escucho sus coletazos. Doble llave para que no me sigan.

La Madrugada me despide abriendo los brazos. Yo sólo deseo que al regresar, cuando haya caído la noche, aquellos cadáveres se hayan esfumado.

Traidores. Malsanos.

jueves, enero 14, 2010

Lecciones de Botánica




No desertes al averiguar mis pétalos,
tras aquel suave habrá uno terso.

Retoza los dedos en mis tallos;
rozarán fronteras, retoños candorosos.

No desistas al esperar mis estaciones,
cada una habrá de sorprenderte.

No desdeñes la época de siembra.
En mi espalda hallarás asombro;
estepa sembrada de lunares,
semillas incontables, manchitas caprichosas.

Persevera escuchado mis estambres,
vasta gama de graves y agudos.

Te distraerás en el pistilo.
Misterio; punto exacto.

En el vértice, la gota de néctar
aguarda al colibrí sediento;
penetrador consuetudinario,
ave y corazón zumbante.

Gineceo se ha vuelto este vientre,
gestador de una semilla, un deseo.

Es la vorágine de tu aliento
la que doblega estos filamentos.

Aguarda mis inviernos,
entibia mis heladas.
Espera con paciencia
y verás las primaveras.

Entonces, mis corolas ya despiertas
besarán coloridas mariposas.

Habrá sépalos abiertos por tus ojos,
cáliz a merced de tus resuellos.

Ésa seré yo, florecida para ti.
Mansedumbre de campiña,
viento fresco, hierba recién nacida,
pradera tras llovizna nueva.

miércoles, diciembre 30, 2009

De las palabras simples



“Como todo, las palabras tienen sus qués, sus cómos, sus porqués. Algunas, solemnes, nos interpelan con aire pomposo, dándose importancia, como si estuvieran destinadas a grandes cosas, y ya se verá más tarde, no son nada más que una brisa leve que no conseguiría mover un aspa de molino, otras, de las más comunes, de las habituales, de las de todos los días, acabarán teniendo consecuencias que nadie se atreve a pronosticar, no habían nacido para eso y, sin embargo, sacudieron al mundo.”

Caín
de José Saramago.

Amor, la sed eterna

Pasión de Caza de Oliverio Arreola
Sol Rubí Santillana Espinosa






No me ames.
Olvida ya la alcoba en que te sueñas.
Negros escorpiones invadirán tu cama,
Víboras negras se tragarán tu sexo
para después huir despavoridas por mi espada.

Pasión de Minos, poema II.. Pasión de Caza, Oliverio Arreola.





Oliverio Arreola Ceballos fija la mirada, levanta las cejas y sentencia: “el amor sólo se tiene para olvidarlo. Es saber que uno ama, y que la persona que se fue no nos amó, porque el que ama, se queda”. Es justo en ese instante cuando el escritor se llena de recuerdos, de aquel pasado que se le tergiversó en poemas. El dolor fue una semilla que germinó en hiedra, en una enredadera espinosa que trepó su cuerpo. Fue entonces cuando a Oliverio, el hombre, no le quedó otro remedio que convertirse en poeta.


“Para que no me duelas tanto, me he puesto a escribir estos poemas, Ariadna. Yo soy el Minotauro y Teseo al mismo tiempo. Tú no sabes qué es ser un Minotauro. Es una especie encendida de argamasa; un poco de bestia y casi hombre; un poco de dolor y de condena”.

Teseo, Cuarto de Mapas.


Pasión de caza es el nombre del libro que recopila los poemas de este escritor mexiquense, con los que se hizo acreedor al Primer Premio Estatal de Poesía Joven “José María Heredia y Heredia”. En estos textos, David Huerta, Alí Chumacero y Eduardo Langagne reconocieron una historia sedienta, que relata el adiós de un amante contado a través del mito del Minotauro.

Los poemas narran una historia y al mismo tiempo reinventan la trama de aquella bestia mítica que surgió de la unión de la reina Pasifae y un magnífico toro blanco que el rey Minos se negó a dar en sacrificio a Poseidón. Como castigo, el dios hizo nacer en Pasifae el deseo de ser poseída por el toro. De aquel acto nació el Minotauro: mitad humano, mitad bestia. Un ser que sólo se alimentaba de carne humana, que fue encerrado en un laberinto y al que se le ofrecieron doncellas en sacrificio; hasta la llegada de Teseo, su asesino.


Fue el Minotauro y su sed eterna, fueron Teseo y la voz angustiada de Ariadna, fue también la poesía de Jorge Luis Borges, la escritura de Julio Cortazar y la ausencia del amor, lo que inspiró a Oliverio Arreola Ceballos a crear este poemario.


La eterna pregunta
“Amar es tener la certeza de que se hace algo en vano. Se ama lo ilusorio, es nunca saber lo que el otro siente. Amar es un acto individual, porque quien sabe que ama soy yo y sólo yo”, dice el poeta intentando desentrañar una de las experiencias más intensas que vive el ser humano.

Pero no sólo sabe amar mujeres. Por encima de todo, Oliverio ama las palabras: las letras que se juntan para formar sonidos que se paladean, que cuentan historias y construyen literatura. El poeta comenzó a escribir a los quince años imitando a Samuel Beckett y a Antonio Machado. Tiempo después, la escritura se le volvió una decisión. Ello lo llevó a publicar el libro Las otras caras del rostro y poco después Pasión de caza, premiado en el año 2003.

“La escritura está más allá de las cosas cotidianas. Puedes amar a una mujer pero eso nunca va a estar sobre tu escritura”, y es que según dijo, escribir es un acto de amor. En el camino de la literatura, Oliverio fue descubriendo que el oficio del escritor va más allá de únicamente redactar con pasión, pues la escritura “es disciplina, es estudio. No solamente se nutre del deseo de escribir sino de varios elementos como estudiar lengua y gramática, ver si ciertos adjetivos funcionan dentro de lo que estás haciendo, analizar cómo vas a estructurarlo todo. Es pensar en un libro desde el principio hasta el fin. Saber cuándo está terminado, y al mismo tiempo, ponerle mucha pasión”, asegura.

Según Oliverio, Pasión de caza se comenzó a escribir antes de que su amada —como él la llama— se fuera. “Lo empecé estando con ella porque yo ya sabía que se iba a ir. Ella nunca creyó que yo le fuera a escribir un libro”. Pero sucedió. Y aunque lo que inspiró estas letras fue el dolor, no es un libro que se haya escrito con desamor “se nota perfectamente cuando escribes con amor al lenguaje, más que con desamor hacia un determinado tema. Este poemario lo escribí amando las palabras”, dice.

Amar es la certeza de uno mismo, pero también la eterna pregunta acerca del otro. Por eso Pasión de caza es un libro sediento, que habla sobre la presencia del otro y luego de la angustia ante el vacío; sobre el sexo y su ausencia, pues el poeta asegura que “no hay peor sexo que el que no se hace. Porque es el sexo que más duele, y es también es el que más se expresa. "Yo tenía algo metido en el corazón, una flecha, cicuta, no lo sé”, dice “lo que me gusta del libro es que todo el mundo piensa que es sobre el sexo. Pero la primera mujer que lo leyó me dijo: ‘no es un libro sobre el sexo. Es un libro que entiendo, porque es algo que yo también sentí: el desasosiego, la desesperación, la angustia de saber que amas a alguien, de saber que ese alguien te ama, y que por pendejos, cada quien se va por su lado’”.

Por eso, por lo que no se tiene, este poemario rememora caricias que se volvieron tatuajes. Besos quemantes que dejaron cicatrices. Manos que recorrieron el cuerpo con sus falanges afiladas. Deseo que se transformó en escorpiones, que lo intoxicó todo.

“Soy Minos
Quien escupe alimañas por el sexo
mientras amo a esta mujer
Que se incendia de pasión, aquí, entre mis brazos
y muere picoteada por monstruosos escorpiones
en el vientre.
Y le digo: amor
por mi vez última.
Más mientras la beso, su cuerpo,
suavemente,
se sacude, envenenado.”

Pasión de Minos. Poema I.



Adiós para siempre
Pasión de caza parece ser un largo adiós. Letra a letra, forma una mano que se agita en el aire, anunciando el irremediable final. En él, se escucha la voz de Ariadna, al desesperado Teseo, que en el mar, le suplica a su amada que no vuelva, que no lo quiera, pero que siempre, recuerde.

“No cometas ni un error. Que nunca vea mi nombre cuando cierres los ojos. Que nunca lo escuche cuando sienta que pierdes el aliento. No le des ni un dato ni una seña. Disuádelo cuando intente comprender nuestro alfabeto. Dile que ningún propósito vale. Que es en vano. Ni la quiromancia ni el hechizo lo salvarán para entonces. La alquimia no valdrá para sus ruegos. Tiende bien tus redes. Que no escape. Recuerda bien las reglas de este juego”.

Cartas de Navegación. Última noche.


“Y ¿cómo retienes a alguien que no quiere estar ahí? Y tú, ¿cómo le dices a ese alguien que el verdadero amor está contigo?”, cuestiona “por eso decidí dejarla libre”. Y es que Arreola sostiene que en el amor, las cosas nunca son como uno cree o como quiere que sean. Casi en todos los casos se sale perdiendo: si el amor se va, se lamenta su ausencia y si se queda, se corre el riesgo de que se nos vuelva cotidiano. “En ambos casos se convierte en un amor no satisfecho. Ambas cosas son dolorosas. Yo no quería que me doliera, pero tenía que sacarlo de alguna manera, y escribir me salía más barato que ir al psicoanalista”, dice riendo.

Un cazador que no sabe perseguir
Fue desde la herida abierta, con el dolor recrudecido como Oliverio Arreola escribió un poemario dedicado a una mujer que se fue y a la que nunca persiguió. “Tengo algo que me reprochan mis amigas: no sé perseguir. Porque creo que el amor se da y se siente, y que cuando persigo, estoy violentando esa libertad. Pero dicen las buenas mujeres que a veces hay que perseguirlas”, asegura el poeta mientras le sonríe a su autoreconocida rareza.

Oliverio mira a sus personajes tan extraños como él mismo. Teseo es un rey sin patria, con pocos amores verdaderos; y el Minotauro, un ser que está completamente solo. Ambos se encuentran amando lo que no tienen. Ambos tienen la certeza de saber que ese algo se les fue cuando aún estaba entre sus brazos. “La mayoría de la gente que ama se da cuenta de que el otro se fue hasta que se ha ido, pero no cuando se está hiendo. Para cuando escribí el texto yo ya era consciente de ciertas cosas, y una de esas era la huida”, reflexiona.

Con su Pasión de caza, Oliverio muestra el amor como la pregunta perpetua, como la incertidumbre eterna. Todo lo llevó a construir voces femeninas y masculinas, a contar la desesperación que provoca la ausencia del otro, del sexo, de aquello denominado amor. Esa palabra que es más que un concepto, que es precisamente una Pasión de caza; el ansia de perseguir esa gacela escurridiza. Ese anhelo destructor de disparar una flecha para verla caer y saberla nuestra. Porque no se tiene la certeza que existió sino hasta que se le ha cazado y violentado, hasta que hemos visto su cadáver o nos damos cuenta de que agoniza en nuestros brazos.

Se le llora cuando vive porque no se tiene la certeza de que existe; y se le llora cuando muere porque para conocerla, hemos tenido que aniquilarla. No obstante, aquellos que logran atraparla con vida, difícilmente saben qué hacer con ella.

Pasión de caza nos enseña que como el Minotauro, somos humanos y monstruos, creadores y suicidas. Deambulamos en un laberinto. Andamos ebrios de amor al principio y luego, con la resaca de la ilusión caduca. Como a la poesía de Oliverio Arreola, diversas voces nos habitan. Y al igual que la bestia bicorne, somos amantes antropófagos que no saben quererse sin destruirse, sin comerse el uno al otro.

Nadie



Nadie me quiere.

Nadie, me quiere.


Querido Nadie,

Cada vez que te acercas en el rostro de algún desconocido, tengo la esperanza de que seas tú: Nadie, el que me quiere. Pero de repente un nombre cualquiera corta el aire y Nadie se convierte en Alguien. Mis esperanzas se van al carajo.

Nadie, me quiere. Pero no busco a Nadie. Seguramente es muy tímido, pues no he llegado a conocerlo.

No, querido Nadie, no me malentiendas. Me han querido, sí, pero siempre Alguien. Yo quiero que seas tú quien se presente. Tú, amadísimo y fiel Nadie, quien desde de la adolescencia permaneces como promesa latente; como verdad altanera.

Por eso no busco a Nadie. Porque sé que su cariño es del bueno. Él hallará la manera de encontrarme.

Nadie, te llamas.
Nadie, me quiere. Sí. Me quiere (acoto una risilla estúpida).

Porque grito, y Nadie contesta.
Porque llamo, y Nadie responde.
Porque amo, y Nadie me ama.

Nadie, amigo fiel, amante perpetuo, ven, vela mi sueño. Mira cómo las lágrimas viajan de la pupila a la oreja. (¿Y qué más da? Nadie está ahí para secarlas con un pañuelito mustio. Nadie me acurruca en la oquedad de su abrazo. Nadie deslava todos mis dolores. Nadie, me quiere. Me quiere y con eso me basta).

Nadie, gracias por estar aquí.

PD. Quisiera también llamarme Nadie, para que juntos, fuéramos acorde con las verdades de este mundo: “Nadie quiere a Nadie” y “a Nadie le importa Nadie”.

martes, septiembre 22, 2009

Red

En estas fiestas patrias


Y ésto es cosa de todos los partidos...

miércoles, septiembre 02, 2009

Índice


Sólo el dedo índice. Solo. Para recorrerte la boca, para colocarlo sobre tus labios y hacerte callar las preguntas. Es que las respuestas no importan. Sólo es mi índice. Es mi dedo el que se pasea por tu espalda, el que va dibujándote veredas; el que vive para seguir los renglones de tu boca; el que retuerce mi cabello al pensarte.

Deambulas en mis hombros, cornisas de mi cuerpo. Delirio de tus labios, marquesinas de tu rostro.

Vives tras mi lengua que te nombra. Oración del seseo.

Qué somos sino este manantial que no entiende de distancias. Miradas. Veneno. Amaneceres corporales. Danzar de esta dulce ponzoña. Mi rostro sobre tu pecho. Destellos del pasado. Bailes de luz en mi cabeza.

Te busco en los lugares en los que no te encuentras y en los que siempre estás.

No hay dolor en mi silencio. Porque sólo es silencio. Palabras que no pueden escribirse porque lo que calla son las manos, los ojos; esta piel que se entibia, que se endulza lentamente.

Sólo es mi índice. Sólo es mi dedo el que te persigue dibujando montañas, señalando el infinito. Tu imagen en la distancia. Mi dedo guardando silencio sobre las promesas que nos sobrevuelan, que nos desordenan el cabello. Petirrojos de lo inevitable.

Sólo es mi dedo índice. Solo.

De los jardines familiares


En el jardín de la casa de mis padres los Canos se reproducen como si les pagaran por ello. Tienen incluso el descaro de polinizarse y mezclar sus tonos. Por ejemplo, hay rojos y amarillos, y cuando los dos macizos se alcanzan, se combinan, de manera tal que al florear, la mitad de los pétalos resultan rojos y la otra mitad amarillos. Y aunque mi madre dice que esta casa es decente, no puede negar esta orgía lésbico-vegetal que produce flores mestizas.

Los alcatraces son conos que retienen la lluvia. Sirven de bebedero a las abejas y de broma habitual a Sombra y Karín, los gatos que viven a costillas de mis padres. Al jugar bajo estas flores, Karín tiene el gusto de empujar las corolas y dejarle caer el agua a Sombra, un ejemplar felino, gris y casi subnormal al que he visto empaparse de esta manera por tres días consecutivos.

En el jardín paterno también hay tres invasiones. La primera es la que las langostas emprenden cada año y que ponen a mi señor padre en un estado de gruñimiento continuo. Está convencido de que un chorro de agua sobre ellas es el adecuado correctivo.

La segunda es la que abanderan la Hiedra y los Ojos de Venado, enredaderas que han tenido el gusto de trepar por las bardas como auténticas mujerzuelas arribistas. Y literalmente, han resultado ser todas unas rameras, pues de medio año para acá, se han extendido por el contorno de la finca.

Pero la tercer y más cruel invasión tal vez sea la que ha emprendido la planta de chayotes. Dice mi madre que estas matas son tan prolíficas que una sola de ellas puede producir kilos y kilos de estas verduras que me recuerdan las piernas de mis amigas y las mías. Y si digo que es una invasión cruel, es porque tener una de éstas, implica una cosecha que espina los dedos y que obliga a comer lo mismo diariamente.

A pesar de que mi abuela le advirtió a mi madre que evitara en lo posible tener una higuera por aquello de que “en casa con higuera se llora por cualquiera”, mi padre la plantó. Ella, el árbol de Aguacates, el Nogal, el Níspero, la Granada, el Durazno, el Limonero, el Ciruelo, el Cedrón, el Peral y la Toronja crecieron en la medida que mis hermanos y yo lo hicimos. ¿Que si hemos llorado? Tal vez. Pero eso no es novedad, ya que es herencia de los Santillana ser “quejumbres” y de los Espinosa moquear hasta por penas que no son nuestras.

Pero si tenemos árboles frutales no se debe a ninguna clase de romanticismo, sino a que mi padre dice que no le gusta tener “árboles güevones”, que en su concepción, sospecho que significa que “no den frutos comestibles”. Este concepto se extiende también al resto de los habitantes del hogar.

Por ejemplo, los gatos deben cazar ratones si no, son güevones. Los perros deben ser grandes y bravos, si no, son güevones. Y las mujeres deben saber hacer de comer y mantener limpia una casa, si no, son güevonas (suerte que lo sé hacer, que no me de la gana ponerlo en práctica, es distinto ¿estamos?).

Yo en cambio, sí tengo una concepción romántica sobre los árboles, y por supuesto, sobre mí misma, de lo contrarío no me gustarían las Jacarandas ni me consideraría tan hermosa, simpática, inteligente y sobre todo, modesta. Pero cuando le propuse a mi papá plantar uno de estos árboles que a mitad del año rebozan de flores moradas, me dio un “no”, argumentando que esos son “árboles puercos”, porque llenan las casas de hojarasca. Me dijo que lo haría sólo si yo estaba dispuesta a barrer. Entonces entendí que la posibilidad era nula y que mi padre posee su propio diccionario vegetal.

A veces me pregunto qué se necesita para poder criar una planta. En la ventana de la cocina, por ejemplo, las Violetas de mi madre florean con tal coquetería que podrían pasar por casquivanas. Mientras que las plantas de agua y las Cunas de Moisés que hay como centros de mesa, dentro de poco serán traspasadas a macetas más grandes pues han crecido tan rápido como lo hacen las filas del desempleo en el Estado de México.

No entiendo en dónde radica el secreto. Cuando cumplí veintiún años me regalaron una Petunia a la que bauticé con el nombre de Petus... Petus para allá, Petus para acá. Petus voy a regarte, Petus ¿cómo estás?, Petus ¿te gustó el baño de sol? Petus… ¿Petus? Petus, ¡respóndeme! ¡No me dejes! ¡Noooo…!

Después de me regalaron una planta de la que ya no recuerdo el nombre pero que daba unas flores tan exóticas que me pareció carnívora. Lo malo es que se secó y nunca se comió las moscas que se metían a mi departamento.

Mi último y más desesperado intento fue tener un Cactus. Era pequeño, y no lo nombré para no encariñarme. Hice bien.

El jardín de mis padres es toda una experiencia, incluso culinaria, pues en Temascalcingo algunas personas acostumbran atrapar caracoles y cocinarlos. Sí, los mismos animalejos pequeños y babosos que infestan los jardines en tiempo de lluvias y que se comen las plantas. Entre esas personas está mi sobrino, el mayor, que en últimas fechas me ha obligado no sólo a tal cacería sino a ser partícipe del caracolicidio multitudinario y de la preparación de los cadáveres, a los que no les encuentro el gusto, por más que digan que son el platillo más caro en los restaurantes de caché.

Así las cosas con los jardines familiares.

Pretensión


Dame la mano. Encuentra tus dedos contra mi dorso y apriétalo fuerte, como si no fueras a soltarme nunca. Hagamos de cuenta que la eternidad existe, que las convicciones no son de azúcar, que no se diluyen, que el tiempo no las humedece.

Voy a cerrar los ojos; se han dejado vencer por el cansancio, por fuerzas ajenas a mi cuerpo, por lluvias torrenciales que arrastran basura a las coladeras.

Quiero cerrarlos, y cuando los abra, espero amanecer en un sitio distinto, tal vez un poco menos gris, un poco menos desahuciado.

Un hilo dorado se tensa, se va gastando. Lo sabemos lánguido y me descubro mordiéndolo, te descubro jugando a que se enreda.

Voy a cerrar los ojos para cruzar la calle, para cortar verduras, para abordar un autobús, para bajar un puente peatonal.

Voy a entregarme al paisaje de los ciegos para maquillarme, para redactar noticias, para leer libros, para ponerle hebra a una aguja, para seguir un mapa.

Voy a comprar un boleto en la terminal de autobuses para viajar Aningunaparte y comprar souvernis.

Voy a juntar el índice y el pulgar para arrancarme los besos, uno a uno; guardarlos en una caja, etiquetarlos (“Úsense sólo en caso de emergencia”).

Dame la mano sólo para hacer de cuenta que no vas a soltármela, para pretender que el desahucio no nos alcanzará, que la desesperanza no existe, que la Muerte no se acerca; que no le has dicho “ven”.

martes, julio 14, 2009

Y después de las elecciones...

Adriana Tafoya y sus heridas que no son cutáneas


Texto de presentación del libro
Sangrías de Adriana Tafoya

Tuve el gusto de conocer las letras de Adriana antes que a ella, por eso, sin miramientos ni predisposiciones pude escudriñar en las dieciocho heridas que esta autora abrió sobre el papel. Esto me permitió percibir que sus palabras no están construidas por letras sino por minúsculas navajas que no saben sino ir abriendo la piel de una publicación; Sangrías, lleva por nombre, y es poesía que se desangra.

Juan Ramón Jiménez sostenía que “el poeta no es un filósofo, sino un clarividente”, y justamente mirando dentro, fuera y sobre, en el ahora y en el futuro del dolor, con esa sensibilidad que mezcla el erotismo y la soledad, la autora nos lleva por un recorrido escarlata, en el que cada poema va mostrando raspones, heridas sanas, purulentas, otras en carne viva e incluso cicatrices.

Sangrías no guarda silencio, no sabría cómo, porque nace de otras heridas, de las que no son cutáneas, que suelen ser las más profundas, las más verdaderas. Sangrías son dieciocho lesiones que se desangran con angustia, que se revuelven sensuales y tristes. Sangrías es un lamento rojo, pero también un regodeo, un disfrute penetrante en este charco de palabras que Tafoya dejó caer directamente de sus venas.


“Déjenme morir sin dios
No claven pájaros en mi cabeza
Quiero caer,
llorar gruñendo
gritar al verme sin piernas ni manos
que el dolor y el pánico me enciendan la mente
que mis pájaros sangren
al estrellarse contra el hocico del miedo
y sólo quede tizne,
tiznón del perverso canto que miente y dice
‘caerá el sol sobre la tierra
y aún moribundo arrasará los campos’”,
nos dice en su poema número III.


Con su poesía, Adriana Tafoya ha logrado una herida gozosa, y también contusiones, mordidas, violencia en esa pasión por las letras con las que conduce al lector por un viaje borgoña que nos deja con el ceño fruncido, con una sonrisa confundida y luego con los sentimientos vueltos maraña.

Eso sólo sucede cuando un escritor no le teme a la hoja en blanco, cuando sabe exactamente lo que quiere decir, pero no lo dice y esconde la voz detrás de los dientes hasta tener la certeza de la palabra precisa. Así es Sangrías; los adjetivos adecuados, pensados, las construcciones no son ligeras, las palabras no vuelan, más bien nos conducen a habitaciones, a encierros en donde nacen los colibrís a medio encuentro…


"La carne grita de mi cuerpo
El abandono de mí es desposeerme
desgarrarme el vientre y odiarte
para querer morderte la lengua cuando me beses
y dejo caer mi cabello
caer los labios menguados
mis ojos se mueren
en el silencio del sonido
me alejo de los colores del misterio
para arrinconarme cerca de ti
con los pies amoratados”,
así reza Tafoya en su poema Quebradiza.

Gastón Bachelard decía que “la primera tarea del poeta es desanclar en nosotros una materia que quiere soñar”, pero la autora no la desancla, la arranca y nos inmiscuye en su mundo bermellón, en el que no hay posibilidad de escape.

Y es que si sus letras son navajas no es casualidad, es más bien una decisión deliberada de crear aberturas para mirar en la carne, para observar las verdades crudas, vivas, que se esconden tras las máscaras, tras las palabras y tras el mismo sexo.

No puedo sino concluir agradeciéndote,Adriana, por habernos regalado estas Sangrías de imágenes poderosísimas, en las que los colibríes se componen de miel, y el sexo, tiene aroma de tarántulas.

viernes, julio 03, 2009

Jóvenes con memoria


Mensaje leído a María Elena Barrera Tapia, candidata a presidenta Municipal de Toluca por el PRI,
durante la firma de compromisos con artistas toluqueños

Tristemente, el común de nuestra generación no se caracteriza por saltar barreras ni romper esquemas, la indiferencia parece haberse acomodado como un parásito que succiona el potencial juvenil toluqueño.

Con justa razón, muchos de nosotros nos hallamos desencantados de las promesas vacías que no esconden sino la desaforada carrera de algunos candidatos hacia el poder. Además de artista toluqueña, soy periodista y mi trabajo consiste en decir la verdad, por eso doctora María Elena, le hablo francamente; a los jóvenes artistas no nos interesa ser carne de cañón de las campañas electorales ni una causa que se abandere para extraer votos y luego se abandone como un kleenex que ya ha sido utilizado. Por eso tal vez, muchos de mis compañeros hoy no han asistido y gritan su inconformidad con su ausencia.

Hoy usted está aquí, abierta al diálogo y dispuesta a comprometerse. Y ¿qué cree? Nosotros también, porque la frase “no se puede” se ha convertido en una oración burocrática que ha impedido el desarrollo de proyectos valiosísimos que podrían cambiar a la sociedad.

En la entidad y en este municipio el arte se encuentra devaluado y no se comprende el grado de verdad que contiene la frase de Archero Mañas que sostiene que “el arte es un arma cargada de futuro”.

Quienes estamos aquí, no somos escuincles jugando a ser famosos ni acomplejados que buscan el reconocimiento por medio de los aplausos; somos personas a quienes el mundo, como funciona actualmente, no nos gusta. Porque creemos que el arte puede mover montañas, porque hemos constatado que salva vidas, que reconstruye autoestimas, y que es la dosis perfecta para curar la depresión y la apatía. El arte es la vacuna para la ignorancia y el germen de la crítica y el análisis. Porque el arte en sus diversas manifestaciones, es la fórmula del progreso de un municipio y de un planeta.

Mario Benedetti preguntaba,

“¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de paciencia y asco?
¿sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
también les queda no decir amén
no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía
ser jóvenes sin prisa y con memoria
situarse en una historia que es la suya
no convertirse en viejos prematuros (…)”



Los jóvenes, doctora, estamos cansados de la frase “prometer no empobrece”, porque es una mentira. Mire a su alrededor y vea cómo la fe de nuestra generación se ha ido desmoronando, mire cómo se nos ha ido resquebrajando la rebeldía.

¿De qué nos sirve ser jóvenes si no practicamos la rebelión?... Sepa que quienes nos encontramos hoy aquí somos rebeldes, porque no nos gusta que nos digan que no, que nos tachen de ilusos y que desahucien nuestros sueños, como nos ha venido sucediendo.

Usted dice que abandera causas, y bajo esa premisa, y sólo bajo esa premisa, nos comprometemos. Nos gustaría cambiar este mundo, y sabemos remangarnos los puños de la camisa para hacerlo. De usted dependerá si se convierte en un apoyo para el progreso de este municipio, para que el arte florezca cambiando vidas y activando potenciales o si se convierte ya no sólo en una puerta cerrada sino en alguien que pose para una fotografía y luego desdibuje nuestros rostros de su memoria.

Por eso, doctora, sólo si está dispuesta a comprometerse como nosotros lo estamos por esta causa, sólo en ese caso firme este compromiso. De lo contrario sólo contribuirá a trazar más grietas en lo que sus antecesores han resquebrajado.

No es un secreto que nosotros trabajamos contra corriente, como tampoco es un secreto que muchos de nuestros compañeros se dejan dominar por el desánimo o mal emplean los casi extintos apoyos municipales para este rubro. Por eso, el compromiso viene de ambos lados. Exigimos respeto de autoría para las propuestas que le entregamos, exigimos el derecho de vivir de nuestro arte, exigimos estrategias y presupuestos, su compromiso para llevar todo esto a efecto y su sinceridad para comprometerse o no con nosotros.

A cambio está nuestra fuerza y juventud, nuestra disciplina y pasión, nuestras ganas de cambiar lo que no nos gusta y nuestro apoyo, siempre y cuando lo que se persiga sea una causa y no un interés.

Si usted mira con cuidado, comprenderá que nuestra rebeldía le puede ser muy útil si su fin es trabajar por Toluca. Si entiende nuestro hartazgo, sabrá que no estamos aquí para sonreír y fingir que nos comprometemos, sino para obtener un simple monosílabo de su parte, que viene siendo la disposición de toda su administración para explotar el potencial que hay el municipio.

La pregunta, doctora, queda en el aire.